Desde que abrimos MQC espacio psicoterapéutico, en Sant Cugat del Vallès (Barcelona), una de las situaciones más habituales y dolorosas que acompañamos es el sufrimiento que generan las adicciones. Muchas de las personas que llegan a nuestro centro, ya sea buscando ayuda desesperada para sí mismas o para un ser querido (un hijo, una pareja, un familiar, una amiga), vienen agotadas, confundidas y asustadas.
Es completamente normal sentirse así. Desde hace décadas, social y culturalmente se nos viene diciendo que las adicciones son, en sí mismas, «el problema». Se ha estigmatizado a quien las padece, asumiendo que es una cuestión de debilidad moral, de vicio, o de una simple falta de fuerza de voluntad. “¡Si no lo superas es porque no quieres!”. Sin embargo, esta visión es profundamente injusta con la persona que lo padece y, sobre todo, ineficaz para la recuperación.
Afortunadamente, los estudios científicos más contrastados han empezado a cambiar este paradigma: las adicciones no son el problema de raíz, sino que en realidad representan un efecto colateral de algo mucho más complejo que requiere ser afrontado de forma sistémica. ¿Por qué de forma sistémica? Porque la vida de una persona, cualquiera que ella sea, no se desarrolla en un único ambiente, sino en distintos ambientes que se interrelación e influyen de forma directa o indirecta. Por ello, se entiende que la adicción no es la enfermedad original, sino un síntoma de una razón subyacente, un grito de auxilio frente a un sufrimiento emocional invisible que afecta directamente en la vida de las personas que lo viven.
¿Significa esto que las personas que viven las adicciones están “mal de la cabeza”? No, en absoluto. No es útil ni realista recurrir a esa escala de estar «bien» o «mal». Lo más adecuado, humano y sanador es entender las adicciones como un factor desadaptativo a largo plazo; es decir, un intento de supervivencia frente a un sufrimiento visible o invisible, muy intenso, y que ha salido mal. Esto, que a priori puede sonar extraño, tiene un profundo trasfondo biológico, psicológico y social que, cuando lo comprendemos, nos quita toneladas de culpa de encima y nos abre una puerta real a la esperanza y la recuperación.
¿Qué son realmente las adicciones?
Para entender qué son las adicciones, primero debemos hablar de cómo funcionamos los seres humanos ante el dolor psicológico. En el ámbito clínico, por una parte, se ha comprobado que el dolor psicológico puede tener la misma intensidad que el dolor físico, y cada vez más se conceptualizan las conductas complejas o conflictivas, que son denominadas habitualmente como “problemáticas” —como pueden ser el consumo de alcohol, el tabaco, de otras sustancias, o las conductas compulsivas (juego, compras, pantallas, sexo, etc)— como “estrategias disfuncionales de regulación emocional”.
¿Qué significa esto de «regulación emocional»? Básicamente, son todos los esfuerzos, conscientes o inconscientes, que hacemos para modificar la sensación de placer o displacer que sentimos a partir de una emoción, para intentar influir en cuándo las vivimos y experimentamos. En muchas ocasiones, la meta de la persona que desarrolla una adicción es simplemente reducir un estado afectivo negativo (ansiedad, tristeza, vacío, trauma) porque se ha vuelto demasiado intenso o duradero en el tiempo.
Las adicciones se pueden entender como un «parche» de emergencia. La persona no consume para destruirse, sino para encontrar alivio, aunque no sea consciente de ello. El gran drama es que, con el tiempo, esas estrategias conllevan riesgos tan graves para la salud física y mental que dejan de ser «ayudas» porque se pierde la percepción de control sobre ellas, y se convierten en auténticos síntomas de un trastorno mayor.
¿Cómo se generan las adicciones? Escape en círculos continuos
El origen de este sufrimiento está íntimamente ligado a cómo hemos aprendido (o no) a manejar lo que nos duele. Ante una emoción muy difícil, algunas personas encuentran en “el consumo de sustancias o las conductas distractoras una estrategia para autorregularse”.
Cuando una persona experimenta, por ejemplo, un duelo no resuelto, un estrés laboral insoportable, o un profundo sentimiento de inferioridad, se produce una disforia (profundo malestar emocional de insatisfacción, ansiedad o irritabilidad) intensa. Si esa persona no tiene las herramientas para calmarse de forma sana, recurre a lo que tiene a mano. Al principio, la sustancia nociva o la conducta repetitiva parece funcionar: el alcohol anestesia la timidez, la sustancia apaga la rumiación de la mente, la compulsión distrae de la tristeza.
Y ese puede ser precisamente, el punto donde radica el problema: a la larga, huir del dolor no lo elimina, lo multiplica. Sabemos a ciencia cierta que “la evitación, rechazo o supresión puede intensificar la emoción subyacente y mantener o incrementar los círculos viciosos de conducta”. Tratar de apartar la tristeza o el miedo a toda costa requiere muchísima energía y, al final, genera un estado de ansiedad crónica.
La metáfora del mensajero emocional
-Basada en los trabajos de Salovey, P y Mayer, J (1990)-
Para que nuestros pacientes y sus familias entiendan qué ocurre en la mente de quien sufre una adicción, en MQC utilizamos una imagen muy poderosa: La metáfora del mensajero emocional.
Imagina que tus emociones son como los trabajadores de una empresa de mensajería muy estricta. Su jefe (tu cerebro) les da un paquete que lleva escrito tu nombre y les dice: «Tienes que entregar este mensaje sí o sí. Si no lo entregas, te despido, porque de este mensaje puede depender la supervivencia de esta persona». Tu cerebro te manda el miedo si cree que hay una amenaza, o la tristeza si cree que debes parar a asimilar una pérdida.
El mensajero (la emoción) llega a la puerta de tu casa. Trae un paquete con un envoltorio rojo muy llamativo: es una emoción desagradable. Al ver por la mirilla ese paquete rojo que trae dolor, recuerdos o angustia, tu primer instinto es no abrir. En lugar de recibirlo, subes el volumen de la música, o recurres a consultar el móvil, o a una sustancia nociva para distraerte, adormecerte y no escuchar los golpes en la puerta.
Pero recuerda que el mensajero se juega su empleo. Si no le abres, no se va a ir tranquilamente a su casa. Primero llamará más fuerte. Luego empezará a golpear la puerta mucho más fuerte (es decir, la intensidad de la emoción empieza a subir). Si sigues ignorándolo, consumiendo más o distrayéndote más, el mensajero desesperado empezará a tirar piedras a tu ventana. Esas piedras son los pensamientos obsesivos que no te dejan dormir, las contracturas, los problemas estomacales y la ansiedad.
Si mantenemos la puerta cerrada indefinidamente, el mensajero acabará tirándola abajo. Se producirá una explosión, un ataque de ansiedad, una recaída brutal o una pérdida de control. El mensaje de esta metáfora es vital: las emociones intensas y descontroladas son, casi siempre, el resultado de no haberles hecho caso a tiempo.
El poder del etiquetado emocional en la recuperación
Si la solución es «abrir la puerta» al mensajero, ¿cómo se hace eso cuando duele tanto? Aquí entra en juego una de las herramientas más poderosas que trabajamos en terapia: el etiquetado emocional.
El etiquetado emocional es la capacidad de poner un nombre claro y preciso a la emoción que estamos sintiendo en un momento dado. Muchas personas que llegan a consulta con problemas de adicciones tienen lo que en terapia se denomina «confusión emocional». Cuando les preguntas cómo se sienten, solo pueden responder: «No sé qué me pasa», «Me siento mal», «estoy agobiado» o «siento un nudo aquí». Les faltan las palabras.
Poder decir: «No estoy simplemente mal, estoy sintiendo vergüenza», o «esto que siento es culpa», o «tengo miedo al abandono», cambia por completo las reglas del juego. Siguiendo con nuestra metáfora: cuando le pones el nombre exacto al paquete que te trae el mensajero, él por fin siente que ha hecho su trabajo y se puede ir tranquilo.
Nombrar lo que sentimos es el primer paso para procesar el dolor. En el momento en el que el miedo es reconocido como miedo, y no como un caos interno insoportable, la persona siente que recupera, la menos, una parte del control. Es un proceso, en el cual, llega un punto en el que, ya no necesita consumir para apagar ese «incendio» emocional que no comprende; ahora sabe con qué emoción concreta está lidiando.
Escuchar sin obedecer: Las falsas alarmas emocionales
Ahora bien, un miedo muy común de las personas que evitan sus emociones (y que usan la adicción para ello) es pensar: «Si le abro la puerta a mi rabia, voy a destrozarlo todo. Si le abro la puerta a mi tristeza, me voy a hundir y no saldré de la cama nunca más».
Esto nos lleva a un concepto liberador que trabajamos en sesión: la Ley de la imperfección emocional y las falsas alarmas (Hervas, G., 2012).
Abrirle la puerta al mensajero y recoger el paquete (reconocer y etiquetar la emoción) no significa que tengas que hacer lo que la emoción te dice. Las emociones son mensajes automáticos que nuestro organismo genera para intentar ayudarnos, pero a veces se equivocan.
Imagina que una persona siente una profunda «Incapacidad» o «Baja Autoestima» ante un nuevo reto laboral. El cerebro manda ese mensaje para protegerla del fracaso. Si la persona lo toma como una verdad absoluta («Soy un inútil, no puedo hacerlo»), la angustia será tal que quizás acabe recurriendo a su adicción para anestesiar esa sensación de fracaso.
En terapia enseñamos a trabajar sobre la validez de la emoción. La persona debe analizar: ¿Es este mensaje una advertencia útil y real, o es una falsa alarma? Una falsa alarma emocional es cuando nuestro cuerpo reacciona de forma exagerada a una situación que no es realmente peligrosa en el presente, a menudo porque está conectada a un trauma o herida del pasado. Una vez que aprendes a identificar una emoción como «una falsa alarma», puedes sentirla sin dejarte dominar por ella y, lo más importante, sin necesitar anestesiarla. No nos podemos juzgar por sentir lo que sentimos; las emociones merecen una amnistía total, porque no las elegimos. Solo somos responsables de lo que hacemos con ellas.
¿Cómo es el tratamiento de las adicciones en MQC espacio psicoterapéutico?
En MQC, nuestro abordaje huye de los castigos, de los juicios de valor y de las exigencias vacías. Entendemos científicamente que “intentar autorregularse emocionalmente sin aceptar ni procesar favorece dinámicas desadaptativas a medio y largo plazo”. No puedes apagar el fuego echándole tierra encima indefinidamente; tarde o temprano, la tierra quemará.
Por eso, si tú o tu ser querido estáis en esta situación, nuestro mensaje es firme y esperanzador: No se trata de aguantar más, ni de prometer que «esta vez sí tendré voluntad». Se trata de aprender a sentir y aceptar sin tener que huir.
Si tu “solución” principal para el malestar ha sido hasta hoy evitarlo o apagarlo a través de una sustancia o conducta adictiva, no todo está perdido, ni te has roto. Hay luz al final del túnel, solo necesitas aprender cómo llegar a ella: eres un ser humano que interactúa en unos sistemas determinados, y que, por ello, aprendió un método rápido (pero a la larga muy dañino) para sobrevivir al dolor emocional intenso, que a por momentos le sobrepasa y no sabe por qué.
El trabajo terapéutico que proponemos consiste en reconstruir, paso a paso, alternativas reales y saludables. En nuestro centro, te acompañaremos para:
- Desarrollar la apertura y aceptación emocional: Aprender a dejar de luchar contra ti mismo. Aprender a observar tus emociones sin juzgarlas como «malas» y sin castigarte por sentirlas. Abriremos la puerta al mensajero juntos, te acompañamos desde en un entorno seguro.
- Entrenar el etiquetado emocional: Te ayudaremos a recuperar las palabras para tu mundo interno. Pasaremos del «estoy a punto de explotar» a entender exactamente qué hilos se están moviendo por dentro de ti.
- Detectar tus falsas alarmas: Analizaremos el origen de tus emociones para descubrir qué mensajes son útiles y cuáles son ecos distorsionados del pasado que ya no te sirven.
- Cultivar la tolerancia al malestar: Trabajaremos para entrenar y fortalecer tu «músculo» emocional para que seas capaz de transitar momentos difíciles (ganas de consumir, ansiedad, frustración) sin que sientas que te rompes en mil pedazos, logrando que el impulso por la adicción vaya perdiendo su fuerza y no se derive a otra adicción distinta.
- Exposición gradual a la vida: Te acompañaremos para procesar lo que hoy parece intolerable, y te ayudaremos a construir una vida que no necesite de anestesia para ser vivida.
Entendemos el miedo, la culpa y el desgaste extremo que produce esta situación en el seno de una familia o en la propia persona. Dar el paso de pedir ayuda es de valientes, porque implica estar dispuesto a mirar hacia adentro.
Si el contenido de este artículo resuena contigo y consideras que ha llegado el momento de dejar de huir y empezar a sanar, te invitamos a dar el paso. Queremos escucharte con calma, sin juicios y con el más absoluto respeto profesional, para asumir juntos la responsabilidad y el cuidado que una situación de estas características requiere.
Contacta con nosotros: estamos aquí para escucharte y acompañarte.
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Notas y referencias científicas del artículo:
La conceptualización de las conductas problemáticas y el consumo de sustancias como estrategias disfuncionales de regulación emocional se fundamenta en los modelos de desregulación afectiva (Gross, 1999; McNally et al., 2003; Gratz, 2003), quienes observan que la meta original del individuo es a menudo la reducción de un estado afectivo negativo. La «Metáfora del mensajero emocional», así como la «Ley de la imperfección emocional» y la «Ley de la amnistía emocional», forman parte del modelo de entrenamiento en procesamiento emocional óptimo diseñado por Hervás (2012), donde se busca despatologizar la experiencia emocional y fomentar la aceptación y análisis sin juicio. La literatura científica resalta que la evitación, rechazo o supresión emocional —estrategias empleadas comúnmente en las adicciones— son contraproducentes y aumentan la intensidad y el descontrol de la experiencia emocional a largo plazo (Dalgleish et al., 2009; Gross y Levenson, 1997). El déficit en el «etiquetado emocional» o claridad emocional (vinculado a la alexitimia) dificulta gravemente la regulación de los impulsos y es una barrera común en distintos cuadros clínicos, siendo un objetivo prioritario dentro del modelo de procesamiento emocional (Salovey et al., 1995; Gratz y Roemer, 2004; Hervás, 2011). La evaluación de la validez del mensaje emocional (determinar si es una «falsa alarma» o un aviso útil) es una fase fundamental del Análisis Emocional propuesto para prevenir respuestas desadaptativas y conductas impulsivas frente al malestar (Hervás, 2011; Linehan, 1993).


